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Torres coronadas
Ojos de metal observando,
alados, conquistadores, como cielos
despectivos; erizos fríos, impávidos.
Ciudad de las torres soberanas,
guardianas de amargos tiempos nuevos.
A sus plantas el sano bosque,
la dulce flauta de Pan,
el impetuoso reino del roble,
con su cetro, de verde lluvia laqueado,
la exquisita esbeltez de los acantos.
Metálicos ojos, espíritus de acero y vidrio;
en sus manos férreas, las hojas corintias,
el mar en las copas de la arena,
los peces en las brasas, rojos y brisa azul;
negros de noche, blancos de estrella.
Torres de heladas y mudas piedras,
Alpes de las alquimias del papel de cuadrícula,
belleza solemne, odas dictatoriales.
Enorme relicario
de los hierros imperennes y mórbidos.
Cruces de plástico, cantos de pájaros
con cruentas alas de hollín,
cadáver de árbol, descansando la muerte
del mirto y la hiedra, zozobra de líricas Arcadias.
Decidme torres
de las máquinas inquisidoras, decidme,
desde ojos blancos y ciegos, el olor
de los salados rizos del oleaje, los lejanos
éteres perfumados de la selva brava,
los paraísos de lluvias intactas, ilimitados
granizos de turquesas y diamantes olorosos a nubes.
Decidme, siderales espectros,
fantasmas, tumba de los edenes, lujurias,
obcecados ingenios del número-
umbrosamente sagrado-,
decidme qué dice
la estela mortuoria, la cámara críptica;
qué reza la vida a la muerte, el sol a la luna,
el cielo a la chimenea, que boquea
sus incensarios de barro y malignas pócimas
de fuego gris.
Susurren la verdad, su verdad. Acerquen
a mis oídos, el son lúgubre de la victoria.
Posen en mi alma vuestros labios
podridos e imprecantes,
y descansen para mis sueños los prados,
la inmóvil bizarría de la montaña, la malva redondez
de las auroras, la resina virginal del eucalipto,
el futuro indómito. Decidme, en fin,
qué dice la muerte: cuál es el reino
y el humillante afán
de vuestros granitos, blasfemos, apóstatas; altares
gobernando los laureles metalúrgicos.
Y desvelen, así, a mi romántica niebla
sus rectas fórmulas de piedra y vidrio,
los descabellados Pitágoras que, como débiles pupilas,
se asoman y observan
desde tus ojos de metal.
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